Cuento 2: Nieve en agosto
Nieve en Agosto
Era el 12 de agosto y el calor partía las aceras del pequeño pueblo de San Olmo, donde el verano parecía eterno y cruel. Las paredes sudaban, los ventiladores solo movían aire caliente, y la gente conversaba en sus patios más por obligación que por gusto.
Lucía odiaba el verano. Desde niña. Lo asociaba con ausencias: su madre, que murió en un agosto; su hermana, que se mudó lejos un 10 de agosto y nunca volvió. Y los mosquitos, por supuesto. Siempre los malditos mosquitos.
Aquella tarde, mientras regaba las plantas secas del jardín, un escalofrío la recorrió. Miró al cielo. Las nubes habían cambiado de forma sin aviso. Ya no eran harapos de calor: eran densas, pesadas, grises.
Entonces sucedió.
Primero fue una brisa helada. Luego un copo. Luego otro.
Estaba nevando.
Lucía no se lo pensó dos veces. Corrió dentro, abrió el ropero donde guardaba las cosas de invierno que usaba apenas una vez al año —si acaso—, y sacó su abrigo favorito: uno rojo, grueso, que le llegaba a las rodillas.
Cuando salió al jardín, el mundo ya se cubría de blanco.
Y ahí estaba Mateo, su vecino de al lado, en pantuflas y con las manos congeladas, intentando levantar un muñeco de nieve desastroso. Se notaba que no tenía idea de cómo hacerlo.
Lucía soltó una risa breve pero sincera.
—Eso no es una nariz, es una aceituna —dijo, señalando el rostro amorfo del muñeco.
Mateo se encogió de hombros, sonriendo con los labios azules.
—No tenía zanahorias. Además, la aceituna le da personalidad. ¿Me ayudas?
Ella dudó. Luego asintió.
Pasaron la tarde haciendo el peor muñeco de nieve de la historia. Le pusieron guantes en las orejas, una bufanda hecha con una toalla de cocina, y ojos desiguales hechos con tapones de corcho. Y aún así, ambos coincidieron en que tenía "algo especial".
Cuando terminaron, se sentaron juntos en el porche, con las piernas cubiertas por una manta vieja.
La nieve seguía cayendo, lenta, silenciosa, como si el cielo se hubiese olvidado del calendario.
—Pedí un deseo esta mañana —confesó Mateo, después de un rato en silencio—. Que nevara. Hoy es mi cumpleaños.
Lucía lo miró sorprendida.
—¿Eso pediste?
—Sí. Desde niño siempre me pregunté cómo sería el mundo cubierto de nieve. Supongo que el universo se aburrió de ignorarme.
Ella bajó la mirada.
—Yo pedí algo hace meses —susurró—. Que el verano terminara antes de que me venciera la soledad.
Mateo no respondió enseguida. Se limitó a observar el cielo blanco.
—Entonces parece que nuestros deseos se encontraron —dijo al fin, mirándola con ternura.
Lucía sonrió, aunque no del todo. Había algo en esa nevada que le daba miedo.
—¿Crees que esto es real?
—No lo sé —respondió Mateo—. Pero si no lo es, no me despiertes aún.
Pasaron horas en el porche. Hablando de cosas pequeñas. De sus vidas. De películas que nunca vieron. De libros que ambos comenzaron y abandonaron. Y del futuro, aunque sin atreverse a llamarlo así.
Al día siguiente, la nieve seguía cayendo.
Y al siguiente también.
El pueblo entero quedó paralizado. Las noticias no lo explicaban. Los científicos estaban desconcertados. Decían cosas como “fenómeno climático inusual” o “patrón atmosférico fuera de lo común”. Pero Lucía no necesitaba una explicación.
Cada noche salía al porche, y allí estaba Mateo, con una taza de café humeante y los ojos brillantes.
Con el tiempo, la nieve dejó de ser un evento raro. Se convirtió en parte de su rutina. En el telón de fondo de algo nuevo, algo cálido… en pleno invierno prestado.
Una mañana, Mateo la tomó de la mano y dijo:
—¿Sabes qué pediré en mi próximo cumpleaños?
—¿Qué?
—Que esto no se derrita nunca.
Lucía lo besó en la mejilla.
—Yo pedí lo mismo ayer.
Desde entonces, nadie volvió a hablar del verano.
Porque en San Olmo, ese año, el invierno se quedó a vivir.
Y con él, también se quedó el amor.
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