Cuento 15: El ultimo Refugio de los susurros
El Último Refugio de los Susurros
En un pequeño pueblo rodeado de montañas que se tocaban con las nubes, vivía una mujer llamada Alina. Era una joven tranquila, conocida por su belleza etérea, pero aún más por su enigmática sonrisa, aquella que nunca mostraba del todo, como si hubiera descubierto un secreto que no podía compartir.
Alina no tenía amigos, pero tampoco lo deseaba. Su alma encontraba consuelo en los silencios del bosque y en los susurros del viento entre las hojas. Sin embargo, había algo que la mantenía inquieta: las cartas. Durante años, recibía cartas sin remitente, escritas con una caligrafía que no lograba identificar, pero que le parecía tan familiar como su propia respiración. Las cartas hablaban del amor, pero de un amor tan profundo y misterioso que parecía provenir de un lugar más allá de este mundo.
Nunca respondía, porque nunca encontraba cómo. Pero cada palabra se quedaba tatuada en su memoria, como si fueran parte de una historia que ya había vivido antes, en otra vida, en otro tiempo.
Una tarde, mientras caminaba por el bosque que rodeaba su casa, encontró una extraña piedra en el suelo. Era redonda, negra y brillaba débilmente bajo la luz del sol. La recogió y, al instante, la tierra a su alrededor comenzó a vibrar. Un susurro profundo emanó de la piedra, una voz suave que pronunciaba su nombre. Sin pensar, la siguió.
El susurro la guió hasta una cueva oculta en la ladera de la montaña. En su interior, una luz suave iluminaba un antiguo espejo, cuyo cristal parecía reflejar algo más que su imagen. Alina se acercó con cautela y, al mirar en el espejo, vio no solo su reflejo, sino a un hombre. Su rostro era desconocido, pero sus ojos... esos ojos. Los reconoció al instante. Eran los mismos ojos que había visto en sus sueños desde niña.
El misterio del amor la envolvía, pero ella no podía escapar de él, ni quería. Sin dudar, asintió. La piedra comenzó a desintegrarse en polvo dorado, y la cueva se iluminó con una luz cegadora. Cuando todo se calmó, Alina ya no estaba sola. El hombre del espejo estaba allí, frente a ella, en carne y hueso. Había cruzado el umbral entre mundos para estar con ella.
Su nombre era Eiran. No necesitó decírselo; ella ya lo sabía, como se saben las cosas que están escritas en el alma. Él también había soñado con ella, había enviado las cartas una a una desde su mundo, desafiando las leyes del universo, guiado solo por la certeza de que algún día ella escucharía los susurros.
Juntos, comenzaron a caminar hacia el horizonte, sabiendo que su amor no era de este mundo, pero que su belleza residía en su misterio eterno. El amor que compartían era un secreto que solo los silencios del universo podían comprender.
Con el tiempo, el pueblo notó la ausencia de Alina. Su casa quedó intacta, con las ventanas abiertas como esperando su regreso. Pero los más ancianos, aquellos que aún sabían escuchar los susurros del viento, decían que, en ciertas noches, entre las hojas del bosque, podía oírse una risa suave, y en los claros de luna, verse dos figuras caminando juntas, tomadas de la mano, envueltas en una luz que no era de este mundo.

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