Cuento 19: Las hojas de Elorial


Las Hojas de Elorial

En lo más profundo del Bosque de Cristal, donde los árboles cantan con la brisa y las ardillas recitan poemas a la luna, vivía Elorial, un espíritu del otoño. Cada siglo, cuando las hojas doradas comenzaban a caer, Elorial descendía desde su roble encantado para pintar los bosques con colores de fuego. Su existencia era etérea, ligada al ritmo de las estaciones, incapaz de amar, pues su alma pertenecía a la rueda del tiempo.

El bosque era antiguo, más viejo que las montañas cercanas y más sabio que los vientos del norte. Entre sus raíces se escondían secretos olvidados por los hombres: fuentes que hablaban en voz baja, musgos que recordaban nombres perdidos, y luciérnagas que custodiaban sueños ajenos. Los animales del bosque sabían que Elorial no era solo un espíritu, sino su guardián, su pintor, su memoria viva.

Una mañana, mientras recogía hojas que aún no estaban listas para morir, vio a una joven humana llorando junto al río Espejo. Su nombre era Alina, y cada año visitaba ese bosque buscando a un amor que solo conocía en sueños: un hombre de ojos ámbar que le hablaba en lenguas antiguas y prometía regresar cuando las hojas bailaran.

Alina era diferente de los demás humanos. No traía ruidos ni fuego, no cortaba ramas ni tomaba nada sin pedir permiso. Hablaba con las piedras, le dejaba pan a los ciervos, y a veces cantaba canciones que ni siquiera ella sabía de dónde venían. Elorial la observó en silencio durante años, cada otoño, mientras ella tejía coronas de hojas y hablaba con el viento. Su amor era puro, pero imposible, pues él era parte del bosque y ella del mundo de carne y hueso.

Pero los espíritus también sueñan, aunque lo olviden. Y Elorial comenzó a recordar algo que no debía: el calor de una mano, la dulzura de una voz que le decía su nombre como si fuera un conjuro.

Una tarde, cuando el sol se hundía en tonos cobrizos, Alina decidió no marcharse más. Escogió dormir bajo el roble de Elorial, creyendo que quizás si moría entre las hojas, su alma lo encontraría en el otro lado. Se acostó entre raíces cubiertas de musgo, coronada de hojas secas, y cerró los ojos al mundo.

Elorial, conmovido por la eternidad de su espera, hizo lo prohibido: arrancó una hoja de su pecho —una hoja que palpitaba como un corazón diminuto— y la depositó en el pecho de Alina. La hoja se encendió como fuego de otoño, y su alma se desdobló, deshaciéndose en bruma dorada, convirtiéndola en parte del bosque. Desde entonces, se les ve bailando juntos cada ocaso de otoño, dos siluetas doradas entre la niebla, rodeados por remolinos de hojas que nunca tocan el suelo.

Pero no todo terminó allí. Desde ese día, el Bosque de Cristal cambió. Algunos dicen que los árboles aprendieron nuevas canciones. Que el río Espejo refleja más que el cielo; que si uno se mira el tiempo suficiente, puede ver sus propios recuerdos como hojas flotando en la corriente.

Y cuentan que si caminas por el Bosque de Cristal en octubre, cuando el aire huele a canela y tierra húmeda, puedes encontrar una corona de hojas secas junto al río. Si la tomas y deseas con el alma, podrías verlos… o convertirte en uno de ellos.

Aunque advierten los sabios del bosque: no todos los que desean lo eterno están listos para dejar atrás su nombre.


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