Cuento 20: El jardín donde duermen las estrellas
El Jardín donde Duermen las Estrellas
Hace muchos años, antes de que los sueños se guardaran en almohadas, existía un jardín flotante entre las nubes llamado Numira. Allí vivía Lys, una jardinera celeste cuya tarea era cuidar las flores que creaban los deseos humanos. Cada flor nacía de una esperanza, un anhelo, o un amor que aún no se encontraba.
Lys nunca había sentido amor, aunque cuidaba miles de flores nacidas de él. Hasta que una noche, una estrella fugaz cayó del cielo y se convirtió en humano frente a sus ojos. Su nombre era Kael, un mensajero de los cielos que había caído por error… o por destino.
Durante cien noches, Kael le enseñó a Lys a leer los pétalos como cartas de amor, a escuchar las raíces que susurraban secretos, y a soñar despierta. Lys, por primera vez, sintió una flor nacer en su propio pecho.
Pero Kael no podía quedarse. Su esencia se apagaba lejos del firmamento. La única forma de sobrevivir era volver a ser estrella. Al despedirse, le entregó un cristal luminoso y le dijo: “Cuando quieras verme, plántalo y espera la luna llena”.
Lys lo hizo, y de la tierra creció una flor plateada que solo se abría cada cien años. Durante un solo minuto, la flor proyectaba el rostro de Kael y los dos se miraban en silencio, amándose más allá del tiempo, del cuerpo y de la distancia.
Se dice que el Jardín de Numira aún flota, invisible al ojo humano, y que cada estrella fugaz es un pétalo caído de esa flor, viajando hasta nosotros como una promesa: el amor verdadero nunca desaparece, solo cambia de forma.
Con el paso de los siglos, Lys siguió cultivando el jardín con el mismo amor que sentía por Kael. Las flores nacían y morían, pero su cariño nunca se desvaneció. Sin embargo, el tiempo comenzó a jugarle una mala pasada. Aunque los cien años de espera pasaban con cada ciclo lunar, Lys notó que la flor plateada no brotaba con la misma fuerza que antes. El cristal luminoso que Kael le había dejado comenzaba a perder su resplandor.
Desesperada, Lys buscó respuestas entre las raíces de las antiguas flores, pero solo encontraba susurros apagados. Una noche, una nueva estrella fugaz atravesó el cielo, y de repente, una sombra familiar apareció frente a ella. Era Kael, aunque no como lo había conocido. Su rostro estaba marcado por la distancia y el tiempo, y sus ojos ya no brillaban con la luz que Lys recordaba.
"Los cielos me han llamado nuevamente", dijo Kael, su voz suave pero triste. "Pero esta vez, no soy solo un mensajero. Soy una parte del jardín que ya no puede regresar."
Lys, con el corazón apesadumbrado, entendió que su amor había transformado algo dentro del universo mismo. El jardín de Numira había dado a luz a una nueva flor, una flor que no necesitaba ser vista por los ojos humanos para florecer. Ahora, esa flor no solo representaba el amor eterno, sino también la fusión de la luz y la sombra, de la esperanza y el sacrificio.
Con lágrimas que no caían, Lys plantó una última semilla en el corazón del jardín. Esta semilla no era una flor, sino un sueño que se alzaría por siempre. Y cuando la luna llena tocó el suelo de Numira, se vio una explosión de luz que se reflejaba en cada estrella que brillaba en el cielo.
El jardín flotante de Numira se transformó en un manto de estrellas. Cada una de ellas, reflejo de los sueños y amores humanos, era la promesa de que lo que una vez se amó, nunca se pierde. En algún rincón del cielo, Lys y Kael seguían mirando las estrellas juntos, una conexión que jamás se rompería, pues el amor verdadero no necesita espacio ni tiempo para ser eterno.

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