Cuento 3: El reloj que retrocedía

El Reloj que Retrocedía 

En la esquina de una calle olvidada de la ciudad vieja, donde las paredes parecían susurrar secretos y el aire olía a nostalgia, Alma descubrió una tienda de antigüedades tan pequeña que parecía una cápsula del tiempo. La puerta crujió al abrirse, y un olor a madera vieja y polvo danzó en sus sentidos. Entró solo por curiosidad, pero un reloj en particular la atrapó desde el primer instante. Era un reloj de pared, grande, con manecillas doradas que brillaban débilmente bajo la tenue luz. Lo extraño era que, en lugar de avanzar, retrocedía un minuto cada vez que ella se acercaba.

Intrigada y algo desconcertada, Alma volvió al día siguiente, y luego cada jueves. No solo por el reloj, sino por Joaquín, el restaurador de objetos que parecía tan fuera de época como sus antigüedades. Joaquín tenía esa calma de los que han vivido muchas vidas en una sola, y sus manos parecían saber más que su boca.

—¿No deberías arreglarlo? —le preguntó Alma una tarde mientras el reloj seguía su danza invertida.

—No todos los relojes quieren avanzar —respondió él, sin levantar la vista de un viejo libro de partituras—. A veces, quieren volver a algo que extrañan, a un momento perdido, a un suspiro atrapado en el tiempo.

Las semanas se convirtieron en una rutina silenciosa. Alma entraba, el reloj retrocedía, y ellos hablaban. De música antigua, de libros que ya nadie leía, de amores que no sabían llegar pero tampoco irse. Joaquín le contaba historias de objetos que tenían alma, que guardaban pedazos de quienes los poseyeron, y Alma comenzó a sentir que ese reloj guardaba más que minutos: guardaba memorias.

Una tarde, Joaquín la invitó al fondo de la tienda, a un pequeño cuarto lleno de relojes sin funcionar. Allí, colgado en la pared, había un espejo antiguo con marco dorado.

—Este espejo no refleja lo que ves —dijo Joaquín—. Refleja lo que fuiste. O lo que podrías haber sido.

Alma se miró, y por un instante se vio a sí misma más joven, riendo con su madre en una casa que ya no existía. Parpadeó, y el reflejo volvió a ser el de siempre. No dijo nada. Tampoco lo hizo Joaquín. En esa tienda, el silencio hablaba más que las palabras.

Un día, Alma llegó con lágrimas en los ojos. Había tomado la decisión de irse de la ciudad, de abandonar aquel lugar donde cada rincón parecía un eco de su pasado.

—Este lugar... me hace sentir que vivo en un recuerdo —confesó, su voz quebrándose.

—¿Y si el recuerdo eres tú? —preguntó Joaquín, con una sonrisa triste—. ¿Y si el reloj no retrocede para olvidar, sino para que recuerdes quién eres en realidad?

Antes de marcharse, se despidieron con un beso que fue lento, como si las agujas del tiempo se detuvieran para presenciarlo. El beso tenía el peso de todo lo que nunca se dijo, de todos los minutos que se negaron a avanzar.

Alma salió de la tienda, el reloj marcó justo la hora en que ella había entrado por primera vez aquella tarde. Y luego, silencioso, se detuvo.

Porque ya no necesitaba retroceder.

Ya había alcanzado su momento perfecto.

Pasaron los meses. Alma reconstruyó su vida en otra ciudad, en un pequeño apartamento con más plantas que muebles y un piano desafinado que volvió a tocar después de años. Algunas noches, mientras la luna llenaba la sala con una luz lechosa, recordaba a Joaquín y al reloj. No con tristeza, sino con esa ternura que tienen las cosas que no necesitan durar para ser eternas.

Días después de su partida, en una carta sin remitente que Alma encontró entre sus pertenencias, leyó:

"El tiempo no siempre corre hacia adelante. A veces, se detiene para enseñarnos que el verdadero viaje es hacia adentro, hacia los recuerdos que nos hacen ser quienes somos."

El papel olía a la tienda. A madera vieja, a polvo. A cosas que alguna vez fueron queridas.

Y aunque Alma nunca volvió a la tienda, el reloj siguió detenido en esa esquina olvidada, esperando a quien necesite reencontrarse con su propio tiempo.

Dicen que, de vez en cuando, alguien entra por casualidad. Que escucha el tic-tac invertido, siente un leve escalofrío y luego, inexplicablemente, recuerda algo que creía olvidado: una risa, una promesa, un sueño postergado.

Y entonces entiende.

Que algunos relojes no marcan la hora, sino el alma.

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