Cuento 4: La habitación 313
La habitación 313
Cada viernes, exactamente a las 3:13 a. m., alguien reservaba la habitación 313 del viejo hotel Las Brumas. Nunca por teléfono. Nunca en persona. Solo una hoja doblada bajo la puerta con el mismo nombre: Hugo R.
Nadie lo había visto jamás.
Pero cada sábado, la mucama encontraba la cama hecha, una taza de té tibio en la mesa… y una fotografía nueva sobre el velador. Siempre de la misma mujer: morena, sonriente, de unos treinta años. En cada imagen, parecía un poco más joven. Más feliz.
Con los años, algunos empleados intentaron seguir el rastro de Hugo R. Lo buscaron en los registros, en la red, incluso entre los periódicos viejos del pueblo. No había rastro. Como si nunca hubiera existido. O como si hubiese sido olvidado por el mundo, pero no por ella.
Cuando Elena, la nueva recepcionista, preguntó quién era, los demás empleados solo dijeron:
—No preguntes por Hugo R. Solo cumple con dejar la llave.
Pero Elena no pudo resistir. Curiosa y valiente, o quizá temeraria, una madrugada de lluvia decidió esconderse en la habitación. Cerró la puerta desde dentro, apagó las luces y esperó, conteniendo el aliento.
A las 3:13 exactas, escuchó la cerradura girar… aunque nadie más tenía copia.
El aire se volvió helado. El reloj se detuvo.
Y una sombra se sentó frente a la cama.
—¿Dónde estás, Laura? —susurró una voz grave, quebrada por la tristeza.
Elena gritó. La sombra desapareció. Cuando encendieron las luces, ella estaba sola. Pero había una nueva foto sobre el velador.
Era ella.
Sonriendo, junto a la mujer de las otras fotos.
Ambas mirando hacia alguien fuera del encuadre. Como si esperaran a que tomara la foto.
Desde aquella noche, Elena cambió.
Ya no hablaba mucho. Caminaba más despacio. A veces, al pasar por el pasillo del tercer piso, se detenía frente a la puerta 313 y murmuraba cosas que nadie entendía.
Sus ojos, antes brillantes, ahora parecían mirar más allá de las paredes. Como si escucharan algo que el resto no podía oír.
Hasta que un viernes, al comenzar su turno, la nota no apareció bajo la puerta como siempre.
En lugar de eso, encontraron una llave.
Y, sobre el mostrador, una sola palabra escrita con tinta temblorosa: Gracias.
Elena no volvió a trabajar en Las Brumas. Nadie supo adónde fue. Su habitación en la pensión estaba vacía, salvo por un espejo cubierto con una sábana… y una vieja cámara fotográfica, aún con un rollo sin revelar.
Pero los sábados, la mucama seguía encontrando la cama hecha.
La taza de té, aún tibia.
Y una nueva foto en el velador.
Ahora, eran tres personas en la imagen.
La mujer morena, Elena… y un hombre de rostro borroso, envuelto en sombra, pero con una sonrisa apenas visible.
Y cada semana… la sombra parecía menos sola.
Hasta que, un día, las fotos dejaron de aparecer.
La mucama encontró la cama deshecha por primera vez.
La taza vacía, rota en el suelo.
Y en la pared, escrita con vapor, una última frase que nadie pudo borrar:
“Ya la encontré.”
Desde entonces, la habitación 313 permanece cerrada.
Sellada con clavos y cadenas que nadie del hotel recuerda haber colocado.
Y cada viernes, a las 3:13 a.m., los pasillos del tercer piso se llenan de pasos suaves…
…y una risa lejana, que suena como la de una mujer feliz.

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